domingo, 6 de diciembre de 2009

II - La Huida

Ela contempló la plaza vacía, iluminada tan solo por el débil resplandor de la luna. A unos cuantos metros de ella, aún dentro de la taberna, estaban Tao, Zoe y Rohm, aguardando en silencio la señal que Ela debía hacer para darles paso.


Estaba agazapada tras un banco de piedra que había junto a la taberna. En la plaza, todo era tranquilidad y el silencio de la noche sólo se veía roto por el chillido de algún águila lejana. Las pequeñas piedras que abundaban en el suelo se le clavaban en las rodillas, y un molesto mechón de su pelo color caoba se le metía continuamente en el ojo.


La luz de la luna inundaba toda la plaza, aun así, había muchos escondrijos y esquinas oscuras a las que no alcanzaba a ver con claridad. Se tomó unos minutos más escudriñando los lugares más sombríos y los que a su juicio eran más peligrosos, pero por mucho que miraba y miraba, no veía nada fuera de lo normal, mas su intuición le decía que algo no marchaba bien, que aún no debía hacerles la señal.


-Ela, - Susurró Rohm desde atrás- ¿ves algo?


Echó una última ojeada a la plaza con desconfianza, y, tras cerciorarse de que no había peligro, hizo, muy a su pesar pues tuvo que ignorar su infalible intuición, la señal acordada.


En fila de uno, caminaron a paso ligero cruzando la plaza, alertas a cualquier movimiento o sonido fuera de lugar. El pulso de Ela se disparó cuando escuchó el sonido de algo chocando contra el suelo, no aguardó ni un segundo para comprobar qué estaba pasando, pero enseguida se calmó al ver que sólo era Zoe, que, al tropezarse, se había caído al suelo. La esperó junto con su hermano – que la estaba ayudando – y dejó que fuesen ellos primero, quedándose ella en la retaguardia. No era capaz de tranquilizarse, quería llegar al bosque lo antes posible y abandonar aquella plaza, donde eran enormemente vulnerables, pero pareció que sus deseos no fueron escuchados, porque al cabo de unos segundos, cuando la linde del bosque se veía ya a través de las calles y la derruida muralla, un silbido parecido al del viento inundó el silencio.


Ela miró al cielo, pero, en lugar de verlo azul, lo encontró ennegrecido por un gran nube de flechas que reducían al unísono la distancia. Pero aún más rápido que las flechas, fue el repentino crecimiento de un gran árbol, que con todas sus ramas, hojas, tronco e incluso sus raíces, protegió de los proyectiles a los fugitivos. Aún así, una de las pocas flechas que consiguieron atravesar el bosque de ramas y hojas hirió el brazo izquierdo de Ela, afortunadamente tan sólo le pasó rozando. Ela cayó al suelo, pero se incorporó rápidamente para averiguar qué estaba pasando. Lo primero que vio fue a Rohm tirado en el suelo y después a sus hermanos intentando ayudarle. Se acercó corriendo.


- ¡Rohm! ¿Estás bien?


Pero Rohm estaba inconsciente, seguramente por el excesivo gasto de energía que había hecho para protegerlos.


- ¡Zoe, Tao! ¡Poned a Rohm a cubierto!


Ela se asomó con sumo cuidado para ver quién les estaba atacando. Descubrió con horror que, agazapados sobre los tejados, había un escuadrón completo de arqueros, pero su pánico aumentó aún más cuando advirtió a una docena de sombras que corrían hacia ella. Tengo que hacer algo. Pensó.


Miró a ambos lados de la plaza con la esperanza de encontrar una vía de escape, vio un posible refugio, pero lo único que conseguirían sería meterse de lleno en una ratonera; después se giró hacia la calle principal que daba al centro de la ciudad, una idea suicida pues allí abría demasiados enemigos; por último oteó el bosque, un imposible con Rohm herido, los acribillarían antes siquiera de salir de la plaza. No quedaba más remedio, tendría que luchar, no tenía muchas posibilidades ya que le superaban en número y armamento, pero no iba a permitir que esos desgraciados se acercasen a sus hermanos. No, no estaba dispuesta a perder a nadie más. Por el rabillo del ojo pudo ver que Tao, arrodillado junto a Rohm y a Zoe, la estaba mirando, ella se giró y aguardó a que Zoe también mirase. Entonces, mientras les dedicaba una sonrisa, entrelazó los dedos índice y corazón y se los acercó al pecho. Los mellizos reconocieron ese gesto al instante, y se miraron horrorizados. Ela se dio la vuelta sin esperar a que sus hermanos reaccionasen y atravesó las puntiagudas ramas del gran árbol para encararse a los soldados.


Estos cada vez estaban más cerca y entonaban su grito de guerra, pero todo se sumió en un profundo silencio y el tiempo se paró durante un segundo en el que Ela pudo escuchar de nuevo al águila, qué afortunada… pensó. Bajó la vista nuevamente a los soldados, los tenía casi encima. Estaba a punto de atacar cuando la sobresaltó el grito de su hermano, inmediatamente se giró, pero fue demasiado tarde. Un soldado había esquivado su mirada colándose así por detrás del árbol y ahora se dirigía hacia sus hermanos espada en mano. Ela se apresuró a detenerle pero antes de que pudiera hacer nada un fuerte golpe en la cabeza la tiró al suelo. Inmediatamente después comenzó a sentir algo caliente cayendo por su rostro. El fuerte golpe le impedía levantarse, la vista se le estaba nublando y no distinguía los sonidos que escuchaba. Mientras estaba tendida en el suelo, inútil e impotente, veía como La Orden se dirigía hacia Zoe, Tao y Rohm. Zoe estaba llorando, Tao intentaba defenderse con un muro de hielo y Rohm seguía inconsciente. Intentó levantase nuevamente pero volvió a caer, ¡No! ¡Por favor, no! ¡Dios, ayúdanos! ¿¡Por qué nos has abandonado!?¿¡Es así como acaba todo!?Ela sollozaba, intentó levantarse una tercera vez, pero fue en vano, volvió a mirar a sus hermanos, Tao se había colocado delante de Rohm y Zoe, defendiéndoles o al menos eso creyó ya que su visibilidad era ahora casi nula. Una sombra le hizo desviar la mirada hacia el cielo, y lo último que Ela vio fue una gigantesca águila de ojos amarillos que se dirigía velozmente hacia ellos. Después todo se tornó en oscuridad.