No sabía con exactitud donde se encontraba. Era incapaz de ver o escuchar absolutamente nada. Un agudo dolor en el abdomen que le impedía incorporarse. Abrió lentamente los párpados, los rayos de luz que entraban a través de unas cristaleras le dañaban los ojos. ¿Do…dónde estoy? La boca le sabía a hierro y sentía como si le hubieran estado golpeando la cabeza durante toda la noche.
-No hagas esfuerzos.
No era una voz reconocible por Ela, asique decidió abrir los ojos del todo. A su lado, enjuagando unas toallas llenas de sangre, se encontraba una chica, aparentemente de su misma edad. Era morena tanto de piel como de cabello, lo cual contrastaba mucho con sus ojos azules.
-¿Quién eres?
La joven se volvió hacia Ela mostrándole un rostro agotado por algo que se le escapaba al conocimiento.
-Mi nombre es Akoshira, pero puedes llamarme Ako- Contestó dedicándole una sonrisa- Ahora no te muevas, te voy a cambia los vendajes.
¿Vendajes? Ela inclinó la cabeza hacia abajo para verse el torso, efectivamente estaba envuelto en vendas al igual que su cabeza, entonces lo recordó todo, cómo había aparecido de repente Rohm, cómo habían huido a través de las calles y cómo los habían arrinconado en la plaza. A ella…y a sus hermanos.
-¿¡Dónde están!?-Soltó incorporándose rápidamente, cosa que de la que se arrepintió en seguida ya que le produjo un nuevo dolor en el abdomen.
-¿Quién?- Preguntó Ako sobresaltada.
-¡Tao y Zoe! Mis hermanos…y ¿Dónde está Rohm?
-Ela, ese es tu nombre ¿verdad? Tranquilízate, tus hermanos están bien, gracias a dios llegue a tiempo.
-¿Llegaste?...
-Claro, ¿no nos recuerdas? Zor y yo llegamos justo a tiempo para salvaros de esos salvajes de La Orden.
Cada palabra que pronunciaba Ako, confundía más a Ela.
-¿Zor? ¿quién es Zor?- preguntó extrañada.
-Mira por la ventana y lo verás
Con cuidado para no hacerse daño, Ela estiró el cuello lo suficiente para asomarse por la ventana y se encontró con lo último que había visto antes de desmayarse: un gran águila de ojos amarillos que sobrevolaba por encima de los árboles.
La puerta de la habitación en la que se encontraban se abrió bruscamente dando paso a
Zoe y Tao, que entraron con una pila de agua y paños mojados. Se lo dieron a Ako y esta se dirigió a la cama que había frente a ella, donde se encontraba Rohm a medio incorporar con un brazo en cabestrillo. Ela se sentó con mucho cuidado en el filo de la cama, sujetándose la cabeza mareada y sus hermanos se acercaron a ella.
- Perdona, todavía no me he enterado, ¿quién eres tú? – preguntó a Ako, desconcertada.
- Soy Akoshira
- Si pero, ¿quién eres?
- Es mi hija – intervino Rohm.
- ¿Tu hija?
Ante el desconcierto de Ela, Rohm se explicó.
- Los dos pertenecemos a La Espada Blanca, la organización contraria a Su Santidad con el objetivo de derrocarlo para acabar con esta estúpida guerra.
- Si, se qué es pero… ¿Qué hacíais tan cerca de su sede?
- Me encontraba allí recopilando información, pero me descubrieron y no tuve más remedio que huir, así fue como llegué a tu casa.
Ante el sucesivo silencio de Rohm, Ela comprendió que no iba a hablar más sobre ese tema.
- Cuando perdí el contacto con mi padre fui inmediatamente a buscarlo – continuó Ako- fue entonces cuando os encontré en aquella plaza.
Las preguntas se agolpaban en la cabeza de Ela, así que hizo un esfuerzo por escoger las más oportunas.
- Rohm…en el bar, dijiste que me conocías.
- Si, desde hace muchos años. Tus padres y yo éramos grandes amigos.
- Mis padres…¿conociste a mis padres? ¿sabes quiénes eran?
- ¡Válgame Dios! ¡Pues claro! ¿Es que tu no lo recuerdas?
Ante el delatador silencio de Ela, Rohm continuó.
- Tu padres fueron…
No pudo acabar la frase. Zor, el águila gigante de Ako, chilló de una manera que sólo ella podía comprender.
- Algo pasa – dijo.
Con mucho cuidado, se asomó a la ventana y, efectivamente, estaban rodeados de soldados de La Orden, que pretendían esconderse entre la maleza que rodeaba la cabaña donde se encontraban, sin éxito ante los ojos de Ako, por supuesto.
- Tenemos que salir de aquí.
Al decir esto, Ako silbó muy fuerte y comenzaron a oír golpes, gritos y aleteos. Ela se asomó a la ventana y vio a Zor luchando contra ocho o diez hombres. Bueno, no se puede decir que ellos estuvieran luchando, más bien huían de las garran del animal y de las piedras que arrojaba. A la señal de Ako, todos salieron afuera. Rohm se apoyó en el suelo y empezaron a emerger de este numerosas plantas, enredaderas muy gruesas que se aferraban a los pies de los enemigos, los derribaban y los inmovilizaban. Ako también luchaba a su lado, sostenía un gran arco de metro y medio y disparaba flechas a discreción. Un poco más allá, Tao elevaba en el aire pequeños cristales de hielo, que lanzaba a los soldados pinchándoles las espinillas y los pies. Ela le pegó una colleja, que hizo que los cristales cayeran al suelo, y lo puso detrás suya.
Había que reconocer que Ako y su padre eran bastante buenos en la batalla, no le extrañaría que ocupasen un puesto importante en La Espada Blanca. Por lo que sabía, era una organización subversiva que luchaba en contra de su santidad, un sumo sacerdote que, tras la caída de los reyes del país, se autoproclamó jefe de Estado a la fuerza. Había personas que estaban de acuerdo con su mandato, pero otras muchas se debatían, en busca de libertades. Según estas personas, la época que conocieron sus padres fue mucho mejor que la suya y consideraban a Su Santidad un hipócrita y un tirano. L a sede de La Espada Blanca se encontraba tan encubierta y escondida que era completamente imposible de encontrar si no te llevaba alguien hasta allí.
En menos de diez segundos, Ela se vio rodeada de cuerpos de soldados de La Orden tirados en el suelo, dolientes, y Ako y Rohm, satisfechos, frente a ella.
- Venga, hay que irse de aquí, no estamos en condiciones para otra como esta – dijo Ako mirando a su padre, que daba muestras de evidente cansancio.
Sin embargo, Zor se irguió, inmóvil, alerta. Dio unos picotazos en el aire y miró a su dueña cuando aparecieron en el claro tres hombres más: dos muy altos, con los mismos uniformes de los soldados que estaban tirados en el suelo; el otro en medio, con una mueca de asco dibujada en la cara, como si algo oliera mal justo debajo de su barbilla levantada.
- Fairo…¿qué te trae por aquí? – dijo Rohm desafiante. Ako lo fulminaba con la mirada. Ela escondía a sus hermanos detrás suya preguntándose qué clase de agallas tenían esos dos al darle tantas razones para matarlos.
El hombre llamado Fairo debía tener unos treinta y pocos, con el pelo rubio peinado hacia atrás, unos pequeños ojos azules y una prominente barbilla. Tenía un porte intimidante, recto y llevaba las manos enlazadas detrás suya. Vestía una túnica negra con bordados azules y unas brillantes botas negras, todo muy pulcramente cuidado.
Dedicó a Rohm una media sonrisa de suficiencia como respuesta. Le miró de arriba abajo y luego a Ako, haciendo gala de su capacidad para desfigurar su cara en una mueca de infinito desprecio. Después posó los ojos en Ela y sus hermanos. Ella creyó ver en esos ojos que le taladraban un atisbo de…¿sorpresa? No pudo averiguarlo porque enseguida los volvió a poner en Rohm.
- Así que traicionando a tus compañeros. Debe de haber una importante razón para que nos hicieras creer que eras de los nuestros – dijo arrastrando las palabras y volviendo a mirar a Ela y sus hermanos.
- Razones hay muchas. Sin embargo creo que no soy el único traidor aquí – respondió tranquilamente Rohm, imperturbable. Ako estaba tensa, alerta. Zoe se agarraba a la pierna de su hermana, escondiéndose tras ella. Ela pensó que nunca había presenciado una conversación tan tranquila y a la vez tan violenta.
- Bueno, eso depende del punto de vista, sin embargo me gustaría preguntarte algo antes de matarte – dijo tranquilamente, como si estuviese hablando del tiempo – sé que esa es la sucia de tu hija, se le ve la mala sangre, pero ¿quiénes son ellos?
Señaló con la mirada a los tres hermanos. Ako tensó el arco y apuntó a la cabeza de Fairo. Al meterla en la conversación, Ela se quedó paralizada, sin habla. Rohm fingió deliberadamente que pensaba.
- Hm…creo que no te daré el gusto.
Fairo se acercó y sin que nadie lo viera venir, le propinó una patada en la cara. Ako disparó la flecha que tenía preparada y hubiera acertado en la sien de Fairo, porque iba con una precisión milimétrica, de no ser por el sólido muro de plantas que apareció en el camino y la detuvo.
- No te manches las manos con esto hija. Este traidor es cosa mía.
Una vez dicho esto, lo que ocurrió a continuación pasó tan rápido que Ela tardó en darse cuenta. Los hombres que escoltaban a Fairo se adelantaron y atacaron. Ako se interpuso entre los tres hermanos y los atacantes, y rechazó varios golpes bastantes fuertes para ser personas sin el Don. Zor se aproximó volando, los cogió con sus garras y se los llevó volando muy alto, diez metros, treinta metros, ochenta metros. Ela sabía cómo mataban las águilas a sus presas terrestres, así que no quiso mirar cuando los dos hombres se precipitaron al vacío. Cuando miró a la izquierda, vio a Rohm y a Fairo enzarzados en una pelea en la que casi no podía ver nada, pero de repente pararon. Rohm estaba en el suelo tirado y Fairo de pie, Ako quiso ayudar pero su padre hizo brotar unos árboles que los rodearon y aislaron, como un pequeño búnker de madera.
- ¡Salir de aquí, yo me ocupo! ¡Ako, nos vemos allí! – se oyó una débil voz desde dentro de los árboles.
Ako dudó, pero enseguida estaba cogiendo a los gemelos y asiéndolos a unas correas que tenía Zor en sus patas. Los sentó en ellas como si fueran sillas, uno en cada extremidad. Después se subió al animal entre el cuello y las alas y llamó a Ela, que estaba a unos metros parada, cerca de los árboles. “Si, si... noble por tu parte… ya no podrás volver a traicionarnos…” Pudo oír de la voz de Fairo antes de escuchar a Ako que la llamaba.
- ¿Vas a dejarle ahí? – casi le gritó cuando estuvo a su lado.
- Sabe arreglárselas, ¡vamos! – le dio la mano y tiró de ella. Se sentó donde y como pudo, agarrándose con fuerza a Ako. Estaba claro que Zor no estaba hecho para llevar a dos personas en su lomo. Despegó con tal fuerza que Ela casi se cayó. Bajaban y subían metro y medio en el aire con cada batir de alas, que chocaban con sus piernas. Subieron enseguida convirtiendo los árboles del bosque en una gran mancha verde. A pesar del frío y ensordecedor viento, podía oír a sus hermanos gritar de emoción, les encantaba, pero a ella se le revolvía el estómago con sólo mirar hacia abajo. Definitivamente, no le gustaba viajar así.
Al cabo de una hora y después de haber sobrevolado innumerables bosques, caminos y riachuelos, aterrizaron en un claro de otro bosque. Era mediodía. Ela bajó con algo de dificultad, y casi se cae al suelo porque tenía las piernas entumecidas. Ayudó a Ako a desabrochar las correas que sujetaban a Zoe y a Tao. Los dos tenían la cara de emoción y las orejas y narices rojas. Parecía que habían pasado el mejor rato de sus vidas. Entonces Ela se paró a contemplar las correas de las patas de Zor. Como si fueran pulseras, tenía un par de argollas en cada pata de las que salían cinturones de cuero bastante grueso y oscuro, dos de cada pulsera. Se apresuró a enrollarlos muy ajustados alrededor de la pata donde había estado sentado Tao, fijándose en cómo lo hacía Ako a su derecha. Además de ver cómo recogía los cinturones, también observó una sombra de preocupación en su expresión. Sin duda, estaba angustiada por su padre.
- Gracias – murmuró, refiriéndose a las correas.
- No hay de que – respondió Ela. – Oye, no te preocupes, seguro que estará bien.
- ¿Qué?
- Tu padre, seguro que no le ha pasado nada – repitió desconcertada Ela. ¿Es que estaba pensando en otra cosa?
- Ah…si – aseguró asintiendo.
No sabía con seguridad si Ako pensaba en otra cosa o no, pero mientras recogían leña para hacer un fuego, parecía que le había recordado a Rohm, porque se le veía doblemente preocupada. A los diez minutos, Zoe y Tao ya estaban divirtiéndose encendiendo una lumbre mientras Ako le quitaba las pequeñas alforjas que llevaba Zor (que echó a volar) y las traía consigo junto al fuego.
- ¿No está cansado? – preguntó Zoe.
- Esta bien, no te preocupes. Peores cosas ha hecho - respondió Ako, haciendo un esfuerzo para sonreír a la niña - Ahora va a cazar.
Durante la siguiente hora estuvieron cocinando y comiendo alimentos que Ako había sacado de sus alforjas para todos. Tao y Zoe no dejaban de hacer preguntas.
- ¿Y qué come Zor? Porque comerá mucho.
- Sí, come mucho, pero él sólo se ocupa de su comida. La verdad es que es muy bueno porque el pobre se adapta a todo tipo de lugares para cazar y a muchas comidas diferentes.
- ¿Y tú eres dotada? ¿Qué sabes hacer?
- Puedo comunicarme con los animales – respondió animada Ako – puedo hacerme amiga suya, mandarles hacer cosas, saber si están bien, si están mal…
- ¡Alaaa! – se asombraron los mellizos al unísono.
- ¡Jo, yo también quiero! ¡Te lo cambio!
- ¡No! ¡Se lo cambio yo, que se lo he preguntado yo!
Ako se echó a reír mientras los hermanos discutían. Entonces se fijó en Ela que miraba el fuego absorta.
- ¡Pues yo puedo convertir el agua en hielo y manejarla! ¡Es muy chulo! ¡Mira! – Ako observó como Tao sacaba de su cantimplora unas gotas de agua y se las ponía en la mano. Al instante se convirtieron en una pelotita de hielo y se la dio a Ako.
- ¡Vaya! – exclamó mirando el hielo.
- ¡Y yo! ¡Y yo! – Zoe le arrebató a Tao la cantimplora - ¡Yo puedo curar! Mira, déjame tu mano. – Ako tenía un finísimo arañazo en el dorso. Le tendió la mano a Zoe. - ¡Mira que guay! – Cogió también unas gotas de la cantimplora, las hizo levitar en el aire y mientras se removían se volvieron de una textura un poco más espesa. Las llevó al arañazo y en unos segundos estaba curado, no había ni rastro.
- ¡Impresionante!
Los mellizos se sumergieron en una acalorada discusión para decidir cuál era el mejor poder de los dos. Mientras tanto, Ako se acercó a Ela, que no había dicho ni media palabra.
- …¿estás bien? – Ela volvió al mundo real.
- Si…no… - Ako levantó una ceja – Bueno es que…¿ahora qué? ¿qué se supone que tenemos que hacer? Nosotros no hemos hecho nada y también nos persiguen ¡y ya no podemos usar nuestra casa! Míralos, tengo que cuidar de ellos…¿cómo se supone que voy a darles una infancia si ahora vamos a tener que estar todo el tiempo huyendo?
- Creía que estaba claro.
- ¿Que estaba claro? ¿el qué?
- Ela os venís conmigo, a La Espada Blanca.