miércoles, 3 de agosto de 2011

Despertar

No sabía con exactitud donde se encontraba. Era incapaz de ver o escuchar absolutamente nada. Un agudo dolor en el abdomen que le impedía incorporarse. Abrió lentamente los párpados, los rayos de luz que entraban a través de unas cristaleras le dañaban los ojos. ¿Do…dónde estoy? La boca le sabía a hierro y sentía como si le hubieran estado golpeando la cabeza durante toda la noche.

-No hagas esfuerzos.

No era una voz reconocible por Ela, asique decidió abrir los ojos del todo. A su lado, enjuagando unas toallas llenas de sangre, se encontraba una chica, aparentemente de su misma edad. Era morena tanto de piel como de cabello, lo cual contrastaba mucho con sus ojos azules.

-¿Quién eres?

La joven se volvió hacia Ela mostrándole un rostro agotado por algo que se le escapaba al conocimiento.

-Mi nombre es Akoshira, pero puedes llamarme Ako- Contestó dedicándole una sonrisa- Ahora no te muevas, te voy a cambia los vendajes.

¿Vendajes? Ela inclinó la cabeza hacia abajo para verse el torso, efectivamente estaba envuelto en vendas al igual que su cabeza, entonces lo recordó todo, cómo había aparecido de repente Rohm, cómo habían huido a través de las calles y cómo los habían arrinconado en la plaza. A ella…y a sus hermanos.

-¿¡Dónde están!?-Soltó incorporándose rápidamente, cosa que de la que se arrepintió en seguida ya que le produjo un nuevo dolor en el abdomen.

-¿Quién?- Preguntó Ako sobresaltada.

-¡Tao y Zoe! Mis hermanos…y ¿Dónde está Rohm?

-Ela, ese es tu nombre ¿verdad? Tranquilízate, tus hermanos están bien, gracias a dios llegue a tiempo.

-¿Llegaste?...

-Claro, ¿no nos recuerdas? Zor y yo llegamos justo a tiempo para salvaros de esos salvajes de La Orden.

Cada palabra que pronunciaba Ako, confundía más a Ela.

-¿Zor? ¿quién es Zor?- preguntó extrañada.

-Mira por la ventana y lo verás

Con cuidado para no hacerse daño, Ela estiró el cuello lo suficiente para asomarse por la ventana y se encontró con lo último que había visto antes de desmayarse: un gran águila de ojos amarillos que sobrevolaba por encima de los árboles.

La puerta de la habitación en la que se encontraban se abrió bruscamente dando paso a

Zoe y Tao, que entraron con una pila de agua y paños mojados. Se lo dieron a Ako y esta se dirigió a la cama que había frente a ella, donde se encontraba Rohm a medio incorporar con un brazo en cabestrillo. Ela se sentó con mucho cuidado en el filo de la cama, sujetándose la cabeza mareada y sus hermanos se acercaron a ella.

- Perdona, todavía no me he enterado, ¿quién eres tú? – preguntó a Ako, desconcertada.

- Soy Akoshira

- Si pero, ¿quién eres?

- Es mi hija – intervino Rohm.

- ¿Tu hija?

Ante el desconcierto de Ela, Rohm se explicó.

- Los dos pertenecemos a La Espada Blanca, la organización contraria a Su Santidad con el objetivo de derrocarlo para acabar con esta estúpida guerra.

- Si, se qué es pero… ¿Qué hacíais tan cerca de su sede?

- Me encontraba allí recopilando información, pero me descubrieron y no tuve más remedio que huir, así fue como llegué a tu casa.

Ante el sucesivo silencio de Rohm, Ela comprendió que no iba a hablar más sobre ese tema.

- Cuando perdí el contacto con mi padre fui inmediatamente a buscarlo – continuó Ako- fue entonces cuando os encontré en aquella plaza.

Las preguntas se agolpaban en la cabeza de Ela, así que hizo un esfuerzo por escoger las más oportunas.

- Rohm…en el bar, dijiste que me conocías.

- Si, desde hace muchos años. Tus padres y yo éramos grandes amigos.

- Mis padres…¿conociste a mis padres? ¿sabes quiénes eran?

- ¡Válgame Dios! ¡Pues claro! ¿Es que tu no lo recuerdas?

Ante el delatador silencio de Ela, Rohm continuó.

- Tu padres fueron…

No pudo acabar la frase. Zor, el águila gigante de Ako, chilló de una manera que sólo ella podía comprender.

- Algo pasa – dijo.

Con mucho cuidado, se asomó a la ventana y, efectivamente, estaban rodeados de soldados de La Orden, que pretendían esconderse entre la maleza que rodeaba la cabaña donde se encontraban, sin éxito ante los ojos de Ako, por supuesto.

- Tenemos que salir de aquí.

Al decir esto, Ako silbó muy fuerte y comenzaron a oír golpes, gritos y aleteos. Ela se asomó a la ventana y vio a Zor luchando contra ocho o diez hombres. Bueno, no se puede decir que ellos estuvieran luchando, más bien huían de las garran del animal y de las piedras que arrojaba. A la señal de Ako, todos salieron afuera. Rohm se apoyó en el suelo y empezaron a emerger de este numerosas plantas, enredaderas muy gruesas que se aferraban a los pies de los enemigos, los derribaban y los inmovilizaban. Ako también luchaba a su lado, sostenía un gran arco de metro y medio y disparaba flechas a discreción. Un poco más allá, Tao elevaba en el aire pequeños cristales de hielo, que lanzaba a los soldados pinchándoles las espinillas y los pies. Ela le pegó una colleja, que hizo que los cristales cayeran al suelo, y lo puso detrás suya.

Había que reconocer que Ako y su padre eran bastante buenos en la batalla, no le extrañaría que ocupasen un puesto importante en La Espada Blanca. Por lo que sabía, era una organización subversiva que luchaba en contra de su santidad, un sumo sacerdote que, tras la caída de los reyes del país, se autoproclamó jefe de Estado a la fuerza. Había personas que estaban de acuerdo con su mandato, pero otras muchas se debatían, en busca de libertades. Según estas personas, la época que conocieron sus padres fue mucho mejor que la suya y consideraban a Su Santidad un hipócrita y un tirano. L a sede de La Espada Blanca se encontraba tan encubierta y escondida que era completamente imposible de encontrar si no te llevaba alguien hasta allí.

En menos de diez segundos, Ela se vio rodeada de cuerpos de soldados de La Orden tirados en el suelo, dolientes, y Ako y Rohm, satisfechos, frente a ella.

- Venga, hay que irse de aquí, no estamos en condiciones para otra como esta – dijo Ako mirando a su padre, que daba muestras de evidente cansancio.

Sin embargo, Zor se irguió, inmóvil, alerta. Dio unos picotazos en el aire y miró a su dueña cuando aparecieron en el claro tres hombres más: dos muy altos, con los mismos uniformes de los soldados que estaban tirados en el suelo; el otro en medio, con una mueca de asco dibujada en la cara, como si algo oliera mal justo debajo de su barbilla levantada.

- Fairo…¿qué te trae por aquí? – dijo Rohm desafiante. Ako lo fulminaba con la mirada. Ela escondía a sus hermanos detrás suya preguntándose qué clase de agallas tenían esos dos al darle tantas razones para matarlos.

El hombre llamado Fairo debía tener unos treinta y pocos, con el pelo rubio peinado hacia atrás, unos pequeños ojos azules y una prominente barbilla. Tenía un porte intimidante, recto y llevaba las manos enlazadas detrás suya. Vestía una túnica negra con bordados azules y unas brillantes botas negras, todo muy pulcramente cuidado.

Dedicó a Rohm una media sonrisa de suficiencia como respuesta. Le miró de arriba abajo y luego a Ako, haciendo gala de su capacidad para desfigurar su cara en una mueca de infinito desprecio. Después posó los ojos en Ela y sus hermanos. Ella creyó ver en esos ojos que le taladraban un atisbo de…¿sorpresa? No pudo averiguarlo porque enseguida los volvió a poner en Rohm.

- Así que traicionando a tus compañeros. Debe de haber una importante razón para que nos hicieras creer que eras de los nuestros – dijo arrastrando las palabras y volviendo a mirar a Ela y sus hermanos.

- Razones hay muchas. Sin embargo creo que no soy el único traidor aquí – respondió tranquilamente Rohm, imperturbable. Ako estaba tensa, alerta. Zoe se agarraba a la pierna de su hermana, escondiéndose tras ella. Ela pensó que nunca había presenciado una conversación tan tranquila y a la vez tan violenta.

- Bueno, eso depende del punto de vista, sin embargo me gustaría preguntarte algo antes de matarte – dijo tranquilamente, como si estuviese hablando del tiempo – sé que esa es la sucia de tu hija, se le ve la mala sangre, pero ¿quiénes son ellos?

Señaló con la mirada a los tres hermanos. Ako tensó el arco y apuntó a la cabeza de Fairo. Al meterla en la conversación, Ela se quedó paralizada, sin habla. Rohm fingió deliberadamente que pensaba.

- Hm…creo que no te daré el gusto.

Fairo se acercó y sin que nadie lo viera venir, le propinó una patada en la cara. Ako disparó la flecha que tenía preparada y hubiera acertado en la sien de Fairo, porque iba con una precisión milimétrica, de no ser por el sólido muro de plantas que apareció en el camino y la detuvo.

- No te manches las manos con esto hija. Este traidor es cosa mía.

Una vez dicho esto, lo que ocurrió a continuación pasó tan rápido que Ela tardó en darse cuenta. Los hombres que escoltaban a Fairo se adelantaron y atacaron. Ako se interpuso entre los tres hermanos y los atacantes, y rechazó varios golpes bastantes fuertes para ser personas sin el Don. Zor se aproximó volando, los cogió con sus garras y se los llevó volando muy alto, diez metros, treinta metros, ochenta metros. Ela sabía cómo mataban las águilas a sus presas terrestres, así que no quiso mirar cuando los dos hombres se precipitaron al vacío. Cuando miró a la izquierda, vio a Rohm y a Fairo enzarzados en una pelea en la que casi no podía ver nada, pero de repente pararon. Rohm estaba en el suelo tirado y Fairo de pie, Ako quiso ayudar pero su padre hizo brotar unos árboles que los rodearon y aislaron, como un pequeño búnker de madera.

- ¡Salir de aquí, yo me ocupo! ¡Ako, nos vemos allí! – se oyó una débil voz desde dentro de los árboles.

Ako dudó, pero enseguida estaba cogiendo a los gemelos y asiéndolos a unas correas que tenía Zor en sus patas. Los sentó en ellas como si fueran sillas, uno en cada extremidad. Después se subió al animal entre el cuello y las alas y llamó a Ela, que estaba a unos metros parada, cerca de los árboles. “Si, si... noble por tu parte… ya no podrás volver a traicionarnos…” Pudo oír de la voz de Fairo antes de escuchar a Ako que la llamaba.

- ¿Vas a dejarle ahí? – casi le gritó cuando estuvo a su lado.

- Sabe arreglárselas, ¡vamos! – le dio la mano y tiró de ella. Se sentó donde y como pudo, agarrándose con fuerza a Ako. Estaba claro que Zor no estaba hecho para llevar a dos personas en su lomo. Despegó con tal fuerza que Ela casi se cayó. Bajaban y subían metro y medio en el aire con cada batir de alas, que chocaban con sus piernas. Subieron enseguida convirtiendo los árboles del bosque en una gran mancha verde. A pesar del frío y ensordecedor viento, podía oír a sus hermanos gritar de emoción, les encantaba, pero a ella se le revolvía el estómago con sólo mirar hacia abajo. Definitivamente, no le gustaba viajar así.

Al cabo de una hora y después de haber sobrevolado innumerables bosques, caminos y riachuelos, aterrizaron en un claro de otro bosque. Era mediodía. Ela bajó con algo de dificultad, y casi se cae al suelo porque tenía las piernas entumecidas. Ayudó a Ako a desabrochar las correas que sujetaban a Zoe y a Tao. Los dos tenían la cara de emoción y las orejas y narices rojas. Parecía que habían pasado el mejor rato de sus vidas. Entonces Ela se paró a contemplar las correas de las patas de Zor. Como si fueran pulseras, tenía un par de argollas en cada pata de las que salían cinturones de cuero bastante grueso y oscuro, dos de cada pulsera. Se apresuró a enrollarlos muy ajustados alrededor de la pata donde había estado sentado Tao, fijándose en cómo lo hacía Ako a su derecha. Además de ver cómo recogía los cinturones, también observó una sombra de preocupación en su expresión. Sin duda, estaba angustiada por su padre.

- Gracias – murmuró, refiriéndose a las correas.

- No hay de que – respondió Ela. – Oye, no te preocupes, seguro que estará bien.

- ¿Qué?

- Tu padre, seguro que no le ha pasado nada – repitió desconcertada Ela. ¿Es que estaba pensando en otra cosa?

- Ah…si – aseguró asintiendo.

No sabía con seguridad si Ako pensaba en otra cosa o no, pero mientras recogían leña para hacer un fuego, parecía que le había recordado a Rohm, porque se le veía doblemente preocupada. A los diez minutos, Zoe y Tao ya estaban divirtiéndose encendiendo una lumbre mientras Ako le quitaba las pequeñas alforjas que llevaba Zor (que echó a volar) y las traía consigo junto al fuego.

- ¿No está cansado? – preguntó Zoe.

- Esta bien, no te preocupes. Peores cosas ha hecho - respondió Ako, haciendo un esfuerzo para sonreír a la niña - Ahora va a cazar.

Durante la siguiente hora estuvieron cocinando y comiendo alimentos que Ako había sacado de sus alforjas para todos. Tao y Zoe no dejaban de hacer preguntas.

- ¿Y qué come Zor? Porque comerá mucho.

- Sí, come mucho, pero él sólo se ocupa de su comida. La verdad es que es muy bueno porque el pobre se adapta a todo tipo de lugares para cazar y a muchas comidas diferentes.

- ¿Y tú eres dotada? ¿Qué sabes hacer?

- Puedo comunicarme con los animales – respondió animada Ako – puedo hacerme amiga suya, mandarles hacer cosas, saber si están bien, si están mal…

- ¡Alaaa! – se asombraron los mellizos al unísono.

- ¡Jo, yo también quiero! ¡Te lo cambio!

- ¡No! ¡Se lo cambio yo, que se lo he preguntado yo!

Ako se echó a reír mientras los hermanos discutían. Entonces se fijó en Ela que miraba el fuego absorta.

- ¡Pues yo puedo convertir el agua en hielo y manejarla! ¡Es muy chulo! ¡Mira! – Ako observó como Tao sacaba de su cantimplora unas gotas de agua y se las ponía en la mano. Al instante se convirtieron en una pelotita de hielo y se la dio a Ako.

- ¡Vaya! – exclamó mirando el hielo.

- ¡Y yo! ¡Y yo! – Zoe le arrebató a Tao la cantimplora - ¡Yo puedo curar! Mira, déjame tu mano. – Ako tenía un finísimo arañazo en el dorso. Le tendió la mano a Zoe. - ¡Mira que guay! – Cogió también unas gotas de la cantimplora, las hizo levitar en el aire y mientras se removían se volvieron de una textura un poco más espesa. Las llevó al arañazo y en unos segundos estaba curado, no había ni rastro.

- ¡Impresionante!

Los mellizos se sumergieron en una acalorada discusión para decidir cuál era el mejor poder de los dos. Mientras tanto, Ako se acercó a Ela, que no había dicho ni media palabra.

- …¿estás bien? – Ela volvió al mundo real.

- Si…no… - Ako levantó una ceja – Bueno es que…¿ahora qué? ¿qué se supone que tenemos que hacer? Nosotros no hemos hecho nada y también nos persiguen ¡y ya no podemos usar nuestra casa! Míralos, tengo que cuidar de ellos…¿cómo se supone que voy a darles una infancia si ahora vamos a tener que estar todo el tiempo huyendo?

- Creía que estaba claro.

- ¿Que estaba claro? ¿el qué?

- Ela os venís conmigo, a La Espada Blanca.

domingo, 6 de diciembre de 2009

II - La Huida

Ela contempló la plaza vacía, iluminada tan solo por el débil resplandor de la luna. A unos cuantos metros de ella, aún dentro de la taberna, estaban Tao, Zoe y Rohm, aguardando en silencio la señal que Ela debía hacer para darles paso.


Estaba agazapada tras un banco de piedra que había junto a la taberna. En la plaza, todo era tranquilidad y el silencio de la noche sólo se veía roto por el chillido de algún águila lejana. Las pequeñas piedras que abundaban en el suelo se le clavaban en las rodillas, y un molesto mechón de su pelo color caoba se le metía continuamente en el ojo.


La luz de la luna inundaba toda la plaza, aun así, había muchos escondrijos y esquinas oscuras a las que no alcanzaba a ver con claridad. Se tomó unos minutos más escudriñando los lugares más sombríos y los que a su juicio eran más peligrosos, pero por mucho que miraba y miraba, no veía nada fuera de lo normal, mas su intuición le decía que algo no marchaba bien, que aún no debía hacerles la señal.


-Ela, - Susurró Rohm desde atrás- ¿ves algo?


Echó una última ojeada a la plaza con desconfianza, y, tras cerciorarse de que no había peligro, hizo, muy a su pesar pues tuvo que ignorar su infalible intuición, la señal acordada.


En fila de uno, caminaron a paso ligero cruzando la plaza, alertas a cualquier movimiento o sonido fuera de lugar. El pulso de Ela se disparó cuando escuchó el sonido de algo chocando contra el suelo, no aguardó ni un segundo para comprobar qué estaba pasando, pero enseguida se calmó al ver que sólo era Zoe, que, al tropezarse, se había caído al suelo. La esperó junto con su hermano – que la estaba ayudando – y dejó que fuesen ellos primero, quedándose ella en la retaguardia. No era capaz de tranquilizarse, quería llegar al bosque lo antes posible y abandonar aquella plaza, donde eran enormemente vulnerables, pero pareció que sus deseos no fueron escuchados, porque al cabo de unos segundos, cuando la linde del bosque se veía ya a través de las calles y la derruida muralla, un silbido parecido al del viento inundó el silencio.


Ela miró al cielo, pero, en lugar de verlo azul, lo encontró ennegrecido por un gran nube de flechas que reducían al unísono la distancia. Pero aún más rápido que las flechas, fue el repentino crecimiento de un gran árbol, que con todas sus ramas, hojas, tronco e incluso sus raíces, protegió de los proyectiles a los fugitivos. Aún así, una de las pocas flechas que consiguieron atravesar el bosque de ramas y hojas hirió el brazo izquierdo de Ela, afortunadamente tan sólo le pasó rozando. Ela cayó al suelo, pero se incorporó rápidamente para averiguar qué estaba pasando. Lo primero que vio fue a Rohm tirado en el suelo y después a sus hermanos intentando ayudarle. Se acercó corriendo.


- ¡Rohm! ¿Estás bien?


Pero Rohm estaba inconsciente, seguramente por el excesivo gasto de energía que había hecho para protegerlos.


- ¡Zoe, Tao! ¡Poned a Rohm a cubierto!


Ela se asomó con sumo cuidado para ver quién les estaba atacando. Descubrió con horror que, agazapados sobre los tejados, había un escuadrón completo de arqueros, pero su pánico aumentó aún más cuando advirtió a una docena de sombras que corrían hacia ella. Tengo que hacer algo. Pensó.


Miró a ambos lados de la plaza con la esperanza de encontrar una vía de escape, vio un posible refugio, pero lo único que conseguirían sería meterse de lleno en una ratonera; después se giró hacia la calle principal que daba al centro de la ciudad, una idea suicida pues allí abría demasiados enemigos; por último oteó el bosque, un imposible con Rohm herido, los acribillarían antes siquiera de salir de la plaza. No quedaba más remedio, tendría que luchar, no tenía muchas posibilidades ya que le superaban en número y armamento, pero no iba a permitir que esos desgraciados se acercasen a sus hermanos. No, no estaba dispuesta a perder a nadie más. Por el rabillo del ojo pudo ver que Tao, arrodillado junto a Rohm y a Zoe, la estaba mirando, ella se giró y aguardó a que Zoe también mirase. Entonces, mientras les dedicaba una sonrisa, entrelazó los dedos índice y corazón y se los acercó al pecho. Los mellizos reconocieron ese gesto al instante, y se miraron horrorizados. Ela se dio la vuelta sin esperar a que sus hermanos reaccionasen y atravesó las puntiagudas ramas del gran árbol para encararse a los soldados.


Estos cada vez estaban más cerca y entonaban su grito de guerra, pero todo se sumió en un profundo silencio y el tiempo se paró durante un segundo en el que Ela pudo escuchar de nuevo al águila, qué afortunada… pensó. Bajó la vista nuevamente a los soldados, los tenía casi encima. Estaba a punto de atacar cuando la sobresaltó el grito de su hermano, inmediatamente se giró, pero fue demasiado tarde. Un soldado había esquivado su mirada colándose así por detrás del árbol y ahora se dirigía hacia sus hermanos espada en mano. Ela se apresuró a detenerle pero antes de que pudiera hacer nada un fuerte golpe en la cabeza la tiró al suelo. Inmediatamente después comenzó a sentir algo caliente cayendo por su rostro. El fuerte golpe le impedía levantarse, la vista se le estaba nublando y no distinguía los sonidos que escuchaba. Mientras estaba tendida en el suelo, inútil e impotente, veía como La Orden se dirigía hacia Zoe, Tao y Rohm. Zoe estaba llorando, Tao intentaba defenderse con un muro de hielo y Rohm seguía inconsciente. Intentó levantase nuevamente pero volvió a caer, ¡No! ¡Por favor, no! ¡Dios, ayúdanos! ¿¡Por qué nos has abandonado!?¿¡Es así como acaba todo!?Ela sollozaba, intentó levantarse una tercera vez, pero fue en vano, volvió a mirar a sus hermanos, Tao se había colocado delante de Rohm y Zoe, defendiéndoles o al menos eso creyó ya que su visibilidad era ahora casi nula. Una sombra le hizo desviar la mirada hacia el cielo, y lo último que Ela vio fue una gigantesca águila de ojos amarillos que se dirigía velozmente hacia ellos. Después todo se tornó en oscuridad.

lunes, 7 de septiembre de 2009

I - El Comienzo

Ya estaba anocheciendo, las calles estaban desiertas y sólo se alcanzaba a escuchar los pasos apresurados de una joven cuyo destino aún estaba por decidirse.

Avanzar a escondidas por las calles que antaño a esas mismas horas se habían visto abarrotadas de comercios y gentío, le producía una gran nostalgia y tristeza, pues ahora no eran más que ruinas a causa de las continuas guerrillas ocasionadas por los revolucionarios que iban contra el gobierno de Su Santidad, y, aunque Ela estaba de acuerdo con ellos, no aprobaba que utilizaran la cuidad como campo de batalla, esto la había destruido hasta tal punto que resultaba casi imposible imaginar que un día fue la grandiosa capital de Norliänd. Un famélico gato le sobresaltó haciéndole emerger de sus pensamientos. Debía apretar el paso, llevaba mucho tiempo fuera de casa y sus hermanos estaban solos.

Tras varios minutos callejeando y evadiendo a los guardias, llegó, por fin, a unas ruinas que, a primera vista, no se diferenciaban mucho de las demás, pero que si sabías dónde buscar, encontrabas algo que no era tan común en las otras. Tras un viejo muro, entre la estructura de lo que parecía haber sido en su época una lujosa mansión, había restos de una pared cuya sombra ocultaba una discreta trampilla. Antes de que alguien la viera se dirigió hacia la trampilla y la abrió. Bajo el suelo descendían unas viejas escaleras de granito, no se veía el fondo del pasadizo ya que la oscuridad de este era aún más intensa que la de la noche, pero eso no importaba si sabías como moverte. Ela bajó las escaleras con cuidado, asegurándose de cerrar bien la trampilla. Avanzó por el largo pasadizo hasta que distinguió al final del túnel un par de antorchas encendidas que custodiaban una robusta puerta de madera. Cuando la alcanzó, dio unos suaves golpes.

-¡Ela! ¡Ya has vuelto! - Una niña de no más de nueve años, rubia y de ojos claros la saludó con una amplia sonrisa.

-Hola Zoe – Contestó mientras se adentraba en la sala - ¿Habéis sobrevivido sin mi? – Bromeó al tiempo que alzaba la cabeza en busca de Tao, su otro hermano. Lo encontró un poco más al fondo sentado en una silla jugueteando con una navaja, en esa parte de la habitación su pelo rubio se apreciaba algo más oscuro.

-¡Tao! ¿Qué haces con mi navaja?

-¿Has conseguido algo de comida? – Dijo ignorando su pregunta y dejando la navaja sobre la mesa.

-Sí, estoy bien, no me ha pasado nada, gracias por preguntar – Dijo irónicamente mientras sacaba de su bolsa una col y un par de tomates y las puso sobre la mesa.

-¿Sólo esto? – Comentó Tao mirando la escasa comida.

-No seas desagradecido, tenemos suerte de que haya un importador que nos venda comida, sabes que los demás mercaderes nunca lo harían. Mac nos esta haciendo un gran favor, se arriesga mucho al venir a esta parte de la cuidad y además, nos da la comida casi regalada.- Ela se dejó caer sobre la silla contigua a la de Tao y se guardó la navaja con la que antes él estaba jugueteando.- De todos modos, aquí hay suficiente para vosotros dos.

-¿Y tú? – preguntó Zoe

-No te preocupes, yo ya me he comido mi parte- Dijo guiñándole un ojo.

-Mentira – Espetó Tao mientras se levantaba bruscamente y se iba a la otra habitación de la estancia.

Ela miró entristecida cómo Tao se iba por la puerta. ¿Qué le pasará? Pensó preocupada.

Zoe, al ver la preocupación de su hermana, se acercó a ella y le cogió de la mano.

- No te preocupes por él, ya sabes cómo es.

Ela no pudo evitar sonreír.

- Si…Hay que ver, que para ser gemelos, qué poco os parecéis.

Zoe soltó una pequeña carcajada y después le hizo un gesto que se hacían desde que tenían uso de razón. No significaba nada en especial, pero para Zoe y Tao era muy importante, porque era como si le dijera que estaba allí, y que todo iría bien.

Ela reconoció al instante ese gesto y sonrió al tiempo que se lo devolvía. Sabía que para sus hermanos aquella estúpida postura de las manos tenía un gran significado, sobre todo desde que sus padres murieron.

De pronto un sordo sonido las sobresaltó. Era Tao, que había dejado caer sobre la mesa, al lado de las hortalizas, algo que parecía ser un par de conejos. Al verlo, Ela se levantó rápidamente.

- ¿¡Qué es esto!? – gritó.

- Conejo – respondió Tao desviando la mirada.

- ¡Si, eso ya lo veo! Pero ¿de dónde los has sacado?

- Salí al bosque a cazar el otro día.

El rostro de Ela palideció.

- ¿¡Que has hecho qué!? – preguntó incrédula y alzando la voz. Tao miró al suelo como respuesta. – ¿¡Es que te has vuelto loco!? ¡El otro día! ¿Cuándo?

- Pues el otro día, después del toque.

- ¿¡Después del toque del toque de queda!? – Ela no hacía más que caminar de un lado a otro de la habitación cada vez más nerviosa - ¡Os tengo dicho que no salgáis a la calle, y mucho menos después del toque de queda! ¡Podrían haberte visto! ¿Y si descubren lo que somos?... un momento – Ela se acercó apresuradamente hacia los conejos y los examinó. Aprovechando el momento de silencio Zoe comenzó a decir:

- Oye, ¿habéis oído…?

- ¡Lo sabía! – Cortó Ela – ¡estos conejos no los has cazado con armas! ¡Has utilizado tu Don! ¿Verdad?

Tao volvió a desviar la mirada.

- ¡Tao! ¡Qué has hecho! Sabes que a los que sois dotados os exterminan. ¿Te das cuenta de…?

De repente, un fuerte sonido le hizo callar. Alguien estaba aporreando violentamente la puerta. Todos empalidecieron. No puede ser, a la única persona que conocemos es a Mac, y él no sabe dónde vivimos. ¿Nos habrán descubierto?

- Escondeos, rápido – susurró, aunque en el fondo sabía que quien fuera que estuviese ahí fuera ya la habría escuchado. Zoe hizo el amago de quedarse con Ela, pero Tao la cogió por el brazo y tiró de ella hasta la otra habitación. Cuando Ela estuvo segura de que sus hermanos ya se habían ocultado, se acercó lentamente a la puerta navaja en mano dispuesta a atacar si hacía falta.

En cuanto la abrió entendió que ese hombre no buscaba pelea, más bien que huía de ella.

- Por… favor… ayúdame… - era un hombre de mediana edad desgarbado y lleno de sangre. Estaba tirado en la puerta, su ropa estaba sucia y medio rota, una negra y escasa barba le ensombrecía el rostro y estaba tan cansado que parecía que llevara horas corriendo. Ela al principio no pensó que fuera ninguna amenaza, pero cuando se fijó, vio que levaba puesto el uniforme de La Orden, el ejército se Su Santidad.

- ¡Eres uno de ellos! ¡Si crees que me puedes vencer estas muy equivocado!- Dijo intentando sonar amenazadora, sin mucho éxito.

-¡No!...¡E…espera!...¡Soy de los tuyos! ¡Mira!- Alzó la mano lentamente y, bajo ésta, en el suelo, comenzó a crecer un poco de hierba increíblemente rápido – Disculpa mi escasa demostración, pero no me encuentro con la suficiente fuerza como para hacer algo más vistoso.

Ela, con algo de desconfianza aún, le tendió la mano y le ayudó a entrar.

- ¡Zoe! ¡Ven aquí! ¡Rápido! – Gritó mientras sentaba al extraño en una silla.

Zoe apareció velozmente y, al ver al desconocido, dio un respingo.

- ¿Quién…?- Empezó pero Ela la interrumpió.

- No hay tiempo para explicaciones Zoe, este hombre está muy grave, tienes que curarlo.

Zoe no contestó, solo asintió y comenzó a extraer, como siempre hacía, la humedad del aire para crear agua y así más tarde colocarla en las heridas de aquel hombre.

- No hay tiempo…Me persiguen…Tenemos que huir…

- ¿Quién te persigue?- Preguntó Tao

- La…La Orden

- ¿¡La Orden!? –se sobresaltó Ela - No puede ser, ¿te han visto bajar aquí?

- N…No lo sé…Quizás - Entonces, por primera vez el hombre levantó la vista y la miró directamente a esos ojos verdes que tenía y su mirada le hizo recordar a la de una pequeña la cual creía muerta hacía ya mucho tiempo.

- ¡Elalian…! ¿eres tú?

Los tres hermanos se quedaron estupefactos.

- ¿Cómo sabes mi nom…? –Comenzó, pero no tuvo tiempo de acabar la frase porque empezó a oír voces que procedían del pasadizo.

- ¡Oh, no! ¡Ya están aquí! ¡Muchacho, cierra la puerta!

Tao corrió hacia la puerta y la cerró de golpe.

- ¡Eso no servirá de nada! ¡Rápido, por la puerta de atrás! - Gritó Ela al tiempo que ayudaba al hombre a incorporarse.

Todos corrieron hacia la habitación posterior de la estancia y apartaron unos cuantos muebles que escondían una pequeña puerta. Uno a uno fueron entrando en el estrecho y angosto pasadizo, primero los gemelos y luego el hombre con el apoyo de Ela quién, al cruzar la puerta, la atascó desde fuera. Una vez hubieron atravesado el oscuro y largo pasadizo, llegaron hasta otra puerta similar a la primera, por la que salieron a una plaza a las afueras de la cuidad. Cuando ya estaba fuera, huyeron hasta que encontraron una vieja taberna abandonada que parecía segura. La taberna estaba llena de telarañas y de escombros, las amplias ventanas estaban rotas al igual que las sillas y las mesas y de la barra sólo quedaba una minúscula parte en la pared del fondo. Apoyaron al desconocido contra lo que quedaba de una mesa caída y allí este pudo pararse a descansar.

- ¿Cómo sabías mi nombre?- Aprovechó a decir Ela una vez se hubieron relajado un poco.

- No sabéis cómo me alegro de veros, - ignoró su pregunta - os creía muertos – Paró un segundo para observarlos - Vaya Zoe…Tao…cómo habéis crecido, y tu Elalian… Dios mío, cómo te pareces a tu madre. – Ela sintió una punzada en el corazón - ¿Cuántos años tienes ya?

- …18…-contestó desconcertada.

- Caray, ¿ya han pasado 8 años? – se preguntó a sí mismo desviando la mirada.

- ¿Conocías a nuestros padres? - Preguntó incrédulo Tao. Otra punzada atravesó el corazón de Ela.

- Claro que si, eran muy amigos míos. Elalian ¿no te acuerdas de mí? Soy yo, Rohm.

- …Lo siento, no… - Paró unos segundos para pensar - Lo siento, pero no me acuerdo, es que no recuerdo demasiadas cosas de mi infancia. Pero ¿quién eres tú? Y… ¿qué haces aquí? - Ela quería saber por qué ese hombre les conocía, por qué sabía más que ella sobre su pasado y, sobre todo, quería saber si él conocía la razón por la que mataron a sus padres.

Rohm bajó la mirada entristecido, y tras unos momentos de incómodo silencio, contestó:

- Mi nombre es Rohm Lortrom. Llevo un año en una misión especial de espionaje en las tropas de La Orden. Por desgracia, hace unas horas me descubrieron, y llevo desde entonces intentando salir de la ciudad, huyendo. Pero la suerte me sonríe, os he encontrado. ¿Dices que no recuerdas nada? ¿De verdad no sabéis quiénes sois?

- ¿A qué te refieres? – Continuó preguntando Ela, ¿quiénes se supone que eran? ¿Y por qué él lo sabía?

Rohm no contestó, se limitó a decir:

- Debemos irnos, este no es un buen lugar para mantener una conversación.

- Pero tus heridas no están aún curadas – replicó Zoe, quién había estado toda el tiempo aplicando su don para curarle.

- Eso no importa, si nos quedamos aquí, no habrá nadie a quien curar.

Rohm, apoyándose de nuevo en Ela, se levantó y comenzó a caminar hacia la puerta.

- ¿A dónde vamos? – inquirió Tao.

- Huiremos por el bosque…siento haberos metido en este lío…

- ¡Un momento! ¡Nosotros no iremos a ninguna parte! ¡Todavía no se si eres de fiar! ¡Eres un dotado como mis hermanos, vale! ¿Y qué? Eso no quiere decir que no quieras hacernos daño, sólo llevamos quince minutos contigo y ya hemos perdido casi todo lo que teníamos - Estalló de pronto Ela exponiendo lo que llevaba pensando desde que salieron del pasadizo - Dices que conoces a nuestros padres, - Notó cómo se le humedecían los ojos y parpadeó para contener las lágrimas - pero ¿Cómo sabemos que es verdad? Dices que perteneces a La Espada Blanca, pero no veo nada que lo demuestre, ¿cómo podemos fiarnos de ti?

Rohm la miró sorprendido.

- No tenéis más remedio - Contestó sin alzar la voz lo más mínimo - si os quedáis aquí os matarán.

Pasaron unos instantes y Ela decidió que confiar en él era lo mejor que podían hacer, además si decía la verdad, más tarde podría preguntarle sobre sus padres, y aclarar de una vez por todas la mezcla de recuerdos confusos que guardaba en su mente.

- Esta bien, iremos al bosque, pero como por tu culpa les pase algo a mis hermanos, ten por seguro que La Orden será el menor de tus problemas. - Sentenció haciéndose ver más segura de sí misma de lo que en realidad estaba.

- Puedes estar segura de que tus hermanos estarán a salvo, los protegeré con mi vida si es necesario.

Se miraron mutuamente, y, por un instante, Ela pudo ver en los oscuros ojos de Rohm sinceridad y, ¿cariño? Si, era cariño, el cariño de un hombre hacia ellos, era aquel cariño que no sentía desde hacía ya muchos años, aquel cariño que te hace sentir cálida y segura en cualquier lugar, entonces, tan sólo por un minúsculo momento, creyó ver a su padre en esos ojos.

- ¿Nos vamos?

Rohm la sacó de sus pensamientos sobresaltándola.

- Si…

domingo, 6 de septiembre de 2009

Twin Seeds

Dos semillas gemelas acogerán el destino del mundo entre sus brazos, mas éste se ve confuso y ambiguo y no alcanzo a ver cual será. No obstante, algo es innegable: si el reino de las sombras logra gobernarlas, los infiernos obrarán para que destruyan la obra de Dios y más tarde…
El Reino Celestial.