Ya estaba anocheciendo, las calles estaban desiertas y sólo se alcanzaba a escuchar los pasos apresurados de una joven cuyo destino aún estaba por decidirse.
Avanzar a escondidas por las calles que antaño a esas mismas horas se habían visto abarrotadas de comercios y gentío, le producía una gran nostalgia y tristeza, pues ahora no eran más que ruinas a causa de las continuas guerrillas ocasionadas por los revolucionarios que iban contra el gobierno de Su Santidad, y, aunque Ela estaba de acuerdo con ellos, no aprobaba que utilizaran la cuidad como campo de batalla, esto la había destruido hasta tal punto que resultaba casi imposible imaginar que un día fue la grandiosa capital de Norliänd. Un famélico gato le sobresaltó haciéndole emerger de sus pensamientos. Debía apretar el paso, llevaba mucho tiempo fuera de casa y sus hermanos estaban solos.
Tras varios minutos callejeando y evadiendo a los guardias, llegó, por fin, a unas ruinas que, a primera vista, no se diferenciaban mucho de las demás, pero que si sabías dónde buscar, encontrabas algo que no era tan común en las otras. Tras un viejo muro, entre la estructura de lo que parecía haber sido en su época una lujosa mansión, había restos de una pared cuya sombra ocultaba una discreta trampilla. Antes de que alguien la viera se dirigió hacia la trampilla y la abrió. Bajo el suelo descendían unas viejas escaleras de granito, no se veía el fondo del pasadizo ya que la oscuridad de este era aún más intensa que la de la noche, pero eso no importaba si sabías como moverte. Ela bajó las escaleras con cuidado, asegurándose de cerrar bien la trampilla. Avanzó por el largo pasadizo hasta que distinguió al final del túnel un par de antorchas encendidas que custodiaban una robusta puerta de madera. Cuando la alcanzó, dio unos suaves golpes.
-¡Ela! ¡Ya has vuelto! - Una niña de no más de nueve años, rubia y de ojos claros la saludó con una amplia sonrisa.
-Hola Zoe – Contestó mientras se adentraba en la sala - ¿Habéis sobrevivido sin mi? – Bromeó al tiempo que alzaba la cabeza en busca de Tao, su otro hermano. Lo encontró un poco más al fondo sentado en una silla jugueteando con una navaja, en esa parte de la habitación su pelo rubio se apreciaba algo más oscuro.
-¡Tao! ¿Qué haces con mi navaja?
-¿Has conseguido algo de comida? – Dijo ignorando su pregunta y dejando la navaja sobre la mesa.
-Sí, estoy bien, no me ha pasado nada, gracias por preguntar – Dijo irónicamente mientras sacaba de su bolsa una col y un par de tomates y las puso sobre la mesa.
-¿Sólo esto? – Comentó Tao mirando la escasa comida.
-No seas desagradecido, tenemos suerte de que haya un importador que nos venda comida, sabes que los demás mercaderes nunca lo harían. Mac nos esta haciendo un gran favor, se arriesga mucho al venir a esta parte de la cuidad y además, nos da la comida casi regalada.- Ela se dejó caer sobre la silla contigua a la de Tao y se guardó la navaja con la que antes él estaba jugueteando.- De todos modos, aquí hay suficiente para vosotros dos.
-¿Y tú? – preguntó Zoe
-No te preocupes, yo ya me he comido mi parte- Dijo guiñándole un ojo.
-Mentira – Espetó Tao mientras se levantaba bruscamente y se iba a la otra habitación de la estancia.
Ela miró entristecida cómo Tao se iba por la puerta. ¿Qué le pasará? Pensó preocupada.
Zoe, al ver la preocupación de su hermana, se acercó a ella y le cogió de la mano.
- No te preocupes por él, ya sabes cómo es.
Ela no pudo evitar sonreír.
- Si…Hay que ver, que para ser gemelos, qué poco os parecéis.
Zoe soltó una pequeña carcajada y después le hizo un gesto que se hacían desde que tenían uso de razón. No significaba nada en especial, pero para Zoe y Tao era muy importante, porque era como si le dijera que estaba allí, y que todo iría bien.
Ela reconoció al instante ese gesto y sonrió al tiempo que se lo devolvía. Sabía que para sus hermanos aquella estúpida postura de las manos tenía un gran significado, sobre todo desde que sus padres murieron.
De pronto un sordo sonido las sobresaltó. Era Tao, que había dejado caer sobre la mesa, al lado de las hortalizas, algo que parecía ser un par de conejos. Al verlo, Ela se levantó rápidamente.
- ¿¡Qué es esto!? – gritó.
- Conejo – respondió Tao desviando la mirada.
- ¡Si, eso ya lo veo! Pero ¿de dónde los has sacado?
- Salí al bosque a cazar el otro día.
El rostro de Ela palideció.
- ¿¡Que has hecho qué!? – preguntó incrédula y alzando la voz. Tao miró al suelo como respuesta. – ¿¡Es que te has vuelto loco!? ¡El otro día! ¿Cuándo?
- Pues el otro día, después del toque.
- ¿¡Después del toque del toque de queda!? – Ela no hacía más que caminar de un lado a otro de la habitación cada vez más nerviosa - ¡Os tengo dicho que no salgáis a la calle, y mucho menos después del toque de queda! ¡Podrían haberte visto! ¿Y si descubren lo que somos?... un momento – Ela se acercó apresuradamente hacia los conejos y los examinó. Aprovechando el momento de silencio Zoe comenzó a decir:
- Oye, ¿habéis oído…?
- ¡Lo sabía! – Cortó Ela – ¡estos conejos no los has cazado con armas! ¡Has utilizado tu Don! ¿Verdad?
Tao volvió a desviar la mirada.
- ¡Tao! ¡Qué has hecho! Sabes que a los que sois dotados os exterminan. ¿Te das cuenta de…?
De repente, un fuerte sonido le hizo callar. Alguien estaba aporreando violentamente la puerta. Todos empalidecieron. No puede ser, a la única persona que conocemos es a Mac, y él no sabe dónde vivimos. ¿Nos habrán descubierto?
- Escondeos, rápido – susurró, aunque en el fondo sabía que quien fuera que estuviese ahí fuera ya la habría escuchado. Zoe hizo el amago de quedarse con Ela, pero Tao la cogió por el brazo y tiró de ella hasta la otra habitación. Cuando Ela estuvo segura de que sus hermanos ya se habían ocultado, se acercó lentamente a la puerta navaja en mano dispuesta a atacar si hacía falta.
En cuanto la abrió entendió que ese hombre no buscaba pelea, más bien que huía de ella.
- Por… favor… ayúdame… - era un hombre de mediana edad desgarbado y lleno de sangre. Estaba tirado en la puerta, su ropa estaba sucia y medio rota, una negra y escasa barba le ensombrecía el rostro y estaba tan cansado que parecía que llevara horas corriendo. Ela al principio no pensó que fuera ninguna amenaza, pero cuando se fijó, vio que levaba puesto el uniforme de La Orden, el ejército se Su Santidad.
- ¡Eres uno de ellos! ¡Si crees que me puedes vencer estas muy equivocado!- Dijo intentando sonar amenazadora, sin mucho éxito.
-¡No!...¡E…espera!...¡Soy de los tuyos! ¡Mira!- Alzó la mano lentamente y, bajo ésta, en el suelo, comenzó a crecer un poco de hierba increíblemente rápido – Disculpa mi escasa demostración, pero no me encuentro con la suficiente fuerza como para hacer algo más vistoso.
Ela, con algo de desconfianza aún, le tendió la mano y le ayudó a entrar.
- ¡Zoe! ¡Ven aquí! ¡Rápido! – Gritó mientras sentaba al extraño en una silla.
Zoe apareció velozmente y, al ver al desconocido, dio un respingo.
- ¿Quién…?- Empezó pero Ela la interrumpió.
- No hay tiempo para explicaciones Zoe, este hombre está muy grave, tienes que curarlo.
Zoe no contestó, solo asintió y comenzó a extraer, como siempre hacía, la humedad del aire para crear agua y así más tarde colocarla en las heridas de aquel hombre.
- No hay tiempo…Me persiguen…Tenemos que huir…
- ¿Quién te persigue?- Preguntó Tao
- La…La Orden
- ¿¡La Orden!? –se sobresaltó Ela - No puede ser, ¿te han visto bajar aquí?
- N…No lo sé…Quizás - Entonces, por primera vez el hombre levantó la vista y la miró directamente a esos ojos verdes que tenía y su mirada le hizo recordar a la de una pequeña la cual creía muerta hacía ya mucho tiempo.
- ¡Elalian…! ¿eres tú?
Los tres hermanos se quedaron estupefactos.
- ¿Cómo sabes mi nom…? –Comenzó, pero no tuvo tiempo de acabar la frase porque empezó a oír voces que procedían del pasadizo.
- ¡Oh, no! ¡Ya están aquí! ¡Muchacho, cierra la puerta!
Tao corrió hacia la puerta y la cerró de golpe.
- ¡Eso no servirá de nada! ¡Rápido, por la puerta de atrás! - Gritó Ela al tiempo que ayudaba al hombre a incorporarse.
Todos corrieron hacia la habitación posterior de la estancia y apartaron unos cuantos muebles que escondían una pequeña puerta. Uno a uno fueron entrando en el estrecho y angosto pasadizo, primero los gemelos y luego el hombre con el apoyo de Ela quién, al cruzar la puerta, la atascó desde fuera. Una vez hubieron atravesado el oscuro y largo pasadizo, llegaron hasta otra puerta similar a la primera, por la que salieron a una plaza a las afueras de la cuidad. Cuando ya estaba fuera, huyeron hasta que encontraron una vieja taberna abandonada que parecía segura. La taberna estaba llena de telarañas y de escombros, las amplias ventanas estaban rotas al igual que las sillas y las mesas y de la barra sólo quedaba una minúscula parte en la pared del fondo. Apoyaron al desconocido contra lo que quedaba de una mesa caída y allí este pudo pararse a descansar.
- ¿Cómo sabías mi nombre?- Aprovechó a decir Ela una vez se hubieron relajado un poco.
- No sabéis cómo me alegro de veros, - ignoró su pregunta - os creía muertos – Paró un segundo para observarlos - Vaya Zoe…Tao…cómo habéis crecido, y tu Elalian… Dios mío, cómo te pareces a tu madre. – Ela sintió una punzada en el corazón - ¿Cuántos años tienes ya?
- …18…-contestó desconcertada.
- Caray, ¿ya han pasado 8 años? – se preguntó a sí mismo desviando la mirada.
- ¿Conocías a nuestros padres? - Preguntó incrédulo Tao. Otra punzada atravesó el corazón de Ela.
- Claro que si, eran muy amigos míos. Elalian ¿no te acuerdas de mí? Soy yo, Rohm.
- …Lo siento, no… - Paró unos segundos para pensar - Lo siento, pero no me acuerdo, es que no recuerdo demasiadas cosas de mi infancia. Pero ¿quién eres tú? Y… ¿qué haces aquí? - Ela quería saber por qué ese hombre les conocía, por qué sabía más que ella sobre su pasado y, sobre todo, quería saber si él conocía la razón por la que mataron a sus padres.
Rohm bajó la mirada entristecido, y tras unos momentos de incómodo silencio, contestó:
- Mi nombre es Rohm Lortrom. Llevo un año en una misión especial de espionaje en las tropas de La Orden. Por desgracia, hace unas horas me descubrieron, y llevo desde entonces intentando salir de la ciudad, huyendo. Pero la suerte me sonríe, os he encontrado. ¿Dices que no recuerdas nada? ¿De verdad no sabéis quiénes sois?
- ¿A qué te refieres? – Continuó preguntando Ela, ¿quiénes se supone que eran? ¿Y por qué él lo sabía?
Rohm no contestó, se limitó a decir:
- Debemos irnos, este no es un buen lugar para mantener una conversación.
- Pero tus heridas no están aún curadas – replicó Zoe, quién había estado toda el tiempo aplicando su don para curarle.
- Eso no importa, si nos quedamos aquí, no habrá nadie a quien curar.
Rohm, apoyándose de nuevo en Ela, se levantó y comenzó a caminar hacia la puerta.
- ¿A dónde vamos? – inquirió Tao.
- Huiremos por el bosque…siento haberos metido en este lío…
- ¡Un momento! ¡Nosotros no iremos a ninguna parte! ¡Todavía no se si eres de fiar! ¡Eres un dotado como mis hermanos, vale! ¿Y qué? Eso no quiere decir que no quieras hacernos daño, sólo llevamos quince minutos contigo y ya hemos perdido casi todo lo que teníamos - Estalló de pronto Ela exponiendo lo que llevaba pensando desde que salieron del pasadizo - Dices que conoces a nuestros padres, - Notó cómo se le humedecían los ojos y parpadeó para contener las lágrimas - pero ¿Cómo sabemos que es verdad? Dices que perteneces a La Espada Blanca, pero no veo nada que lo demuestre, ¿cómo podemos fiarnos de ti?
Rohm la miró sorprendido.
- No tenéis más remedio - Contestó sin alzar la voz lo más mínimo - si os quedáis aquí os matarán.
Pasaron unos instantes y Ela decidió que confiar en él era lo mejor que podían hacer, además si decía la verdad, más tarde podría preguntarle sobre sus padres, y aclarar de una vez por todas la mezcla de recuerdos confusos que guardaba en su mente.
- Esta bien, iremos al bosque, pero como por tu culpa les pase algo a mis hermanos, ten por seguro que La Orden será el menor de tus problemas. - Sentenció haciéndose ver más segura de sí misma de lo que en realidad estaba.
- Puedes estar segura de que tus hermanos estarán a salvo, los protegeré con mi vida si es necesario.
Se miraron mutuamente, y, por un instante, Ela pudo ver en los oscuros ojos de Rohm sinceridad y, ¿cariño? Si, era cariño, el cariño de un hombre hacia ellos, era aquel cariño que no sentía desde hacía ya muchos años, aquel cariño que te hace sentir cálida y segura en cualquier lugar, entonces, tan sólo por un minúsculo momento, creyó ver a su padre en esos ojos.
- ¿Nos vamos?
Rohm la sacó de sus pensamientos sobresaltándola.
- Si…
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